Nada nos parece cambiado. De las irreales sombras de la noche vuelve a salir la vida real que hemos conocido. Tenemos que reanudarla allí donde nos habíamos quedado, y entonces nos invade una sensación terrible, la de tener que continuar enérgicamente el mismo ciclo agotador de costumbres
estereotipadas, o quizás, a veces, el ansia salvaje de que nuestros párpados se abran una mañana a un mundo que durante la noche habría sido remodelado para agradarnos, un mundo en el que las cosas tendrían formas y colores nuevos, y serían distintas, o tendrían otros secretos, un mundo en que el pasado
ocuparia poco o ningún espacio, o sobreviviría, en cualquier caso, sin forma consciente de obligación o pesar, porque hasta la memoria de una alegría tiene su amargura, y los recuerdos de un placer su dolor

o. w

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